El arte de sobrevivir

En plena dictadura franquista, Daniel Sueiro publicó dos de sus libros documentales más polémicos: Los verdugos españoles y El arte de matar. Como es tan corriente en la obra de Sueiro, hablaban de lo que nadie quería hablar: en este caso, de esos verdugos que en la segunda mitad del siglo XX seguían en activo en España, y de ese sistema que permitía que siguiera siendo uno de los pocos países que usaba el garrote vil para dar muerte a los reos, hasta que por fin se abandonara su uso en 1977 con la aprobación de la Constitución. Estos dos libros dejaban entrever algo más importante, algo insertado en lo más profundo del orden social y que la dictadura había permitido que se naturalizara: la pobreza y el analfabetismo formaban parte intrínseca de la sociedad española, y el pueblo era incapaz de luchar contra un sistema que le impedía el derecho a defenderse por no tener los recursos para enfrentarse a condenas desorbitadas e injustas.

04-cartel-queridisimos-verdugos1

Basilio Martín Patino, director de cine principalmente conocido por sus documentales, se inspiró abiertamente en estos dos libros para Queridísimos verdugos, un documental que, rodado en la clandestinidad durante el principio de los años 70, no pudo estrenar hasta 1977, después de la muerte de Franco. Era un documental imposible antes de su muerte, que ironizaba de forma muy agresiva sobre la dejadez de la dictadura tardía y las injusticias que se cometían con toda la población. En una proyección ilegal, las primeras palabras de Martín Patino al finalizar fueron: «Estoy acojonado». Más a la derecha, Sueiro, con sudor frío en la frente, pudo decir: «Estoy temblando». No era tan fácil tener la osadía para rodar —y escribir— esto en los tiempos de la dictadura, y tampoco era fácil entender, después de todo el trabajo vertido, cómo se podían realmente permitir esas barbaridades de manera sistemática.

vlcsnap-2019-05-05-15h05m09s759.png

En Queridísimos verdugos, Martín Patino entrevista a tres de los verdugos que todavía quedaban en España, y logra hacer un retrato muy humano de ellos —no por menos él mismo se llamaba así mismo incordiador, no documentalista—: los acompaña en su día a día, les deja hablar entre ellos de sus experiencias como verdugos y, no sin un poco de sorna —ya el mismo título del documental nos deja intuir el tono de la obra—, les permite ser ellos mismos delante de la cámara. Sentados en una bodega y rodeados de la iconografía más clásicamente española (una guitarra flamenca, el toro, el vino, la bandera de España) el documental nos descubre que ser verdugos no es solo un trabajo para ellos, al final lo han interiorizado y se sienten en una situación de poder, aunque a veces sientan pena de ejecutar a según qué prisioneros. Martín Patino hace todo lo posible por mostrarnos la complejidad de estos hombres sin escrúpulos a los que poco les importa acabar con una vida, porque es lo que les han dicho que merecen por sus crímenes.

vlcsnap-2019-05-05-15h00m44s606

Esto no es lo único que documenta. También tiene ocasión de hablar con familiares y amigos de presos condenados a muerte, con testigos de los crímenes, magistrados, psiquiatras y abogados. La mayoría de ellos en contra de la condena a muerte, excepto algún supuesto doctor que afirma que existe un «gen de la criminalidad» en todos los condenados, rastreable en el cromosoma. Una forma más, en el fondo, de justificar un acto atroz.

vlcsnap-2019-05-05-15h03m59s976

Uno de los casos más relevantes en el documental es el del «asesino de Gandía». La familia del asesino lucha todo lo que puede para que no se cumpla la condena, pero la misma sociedad ya los ha condenado a ellos por ser pobres y analfabetos. Él siempre ha estado enfermo y nunca han podido tratarlo, y ahora se ven incapaces de luchar contra el sistema que lo ha juzgado. Después de larguísimas esperas y cientos de intentos de recurrir la condena, finalmente es ejecutado. El psiquiatra que asiste a la ejecución confiesa: «me sentí sucio, sentí que todos éramos verdugos. Sentí que el único limpio era el reo». Martín Patino llamaba a esto la «pena de vida», la condena injusta a una existencia que sólo puede desenvolverse en la miseria absoluta. Predestinados a sobrevivir.

vlcsnap-2019-05-05-15h04m40s385

Por Borja Aranda

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s